La huella y el tiempo, obra ganadora del concurso de relatos

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Hacía mucho, mucho tiempo que no tomaba el camino de la ermita y subía hasta aquel lugar que, a pesar del paso de los años, siempre volvía a mi memoria igual que las cigüeñas vuelven a los campanarios por la fiesta de San Blas.

Como disculpa, debo decir que casi todos los años lo intentaba. Pero el ritmo de la vida actual siempre encontraba alguna excusa para posponerlo hasta el año próximo y después al siguiente…

Ahora ya no era posible encontrar algún motivo para no hacerlo. Por fin tenía tiempo, mucho tiempo. Tenía todo el tiempo del mundo. (Al menos eso pensaba yo)

El júbilo por haber llegado al fin de mi vida laboral me animó para empezar a realizar todo aquello que había ido aplazando.

Aunque la lista era bastante larga, lo primero sería visitar aquel lugar que siempre fue un referente de mi niñez. Los recuerdos más intensos tenían como decorado aquellos muros de piedra y aquellos castaños cuyo aroma, cuando estaban en plena floración, lo impregnaba todo.

Dejé el coche a la salida del pueblo y comencé mi paseo como si fuese un regreso al pasado pero desde mi presente recién estrenado.

Los árboles, vestidos con sus variadas gamas otoñales, lo llenaban todo de color, lo que hacía más agradable mi pausado caminar.

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90 aniversario

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