2º premio del concurso de relatos, “Noviembre del 63”

noviembre-63

Los primeros años de mi vida los pasé entre sacos de cemento. Aquellos sacos de cincuenta kilos que, aun siendo un niño, en alguna ocasión tuve que ayudar a cargar. Teníamos un almacén de materiales de construcción. Íbamos a la fábrica en nuestro pequeño “Ebro” de color rojo; camión de tamaño ideal para poder acceder a los caminos estrechos y rincones enrevesados de los pueblos del Bierzo.

Estando en la fábrica, veía llegar los sacos en la cinta transportadora uno detrás de otro hasta caer en el camión, ayudados por un hombre a cada lado con un ritmo armónico y constante, semejante al goteo de un grifo mal cerrado. Mi mente infantil se quedaba embobada observando aquel movimiento acompasado que, si no fuese por el ruido, parecería un baile entre los hombres y los sacos. Pero a veces, igual que una tormenta de verano deja a la orquesta sin luz en la plaza, la armonía se rompía en forma de sacos rotos que caían mal o se amontonaban en la cinta. Era necesario entonces un grito o un silbido para que un solo dedo apretase el botón y se detuviera la cinta, y así mi mente absorta, despertara de aquella sinfonía de ritmo y ruido. Pero no por ello dejaba de disfrutar. Sencillamente me trasladaba de un espectáculo a otro: de la armonía al caos.

Aquella cinta transportadora era y es la hija pequeña de la madre de todas las cintas. Una línea larga que se divisa desde el cielo, que queriendo, rompe la uniformidad del verde dominante sobre el que se asienta. La cinta que va desde la cantera llevando la piedra hasta la fábrica atraviesa carreteras, viñas y monte. Siempre cubierta con su coraza de hierro;quieta por fuera, pero muy, muy viva por dentro.

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90 aniversario

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